domingo, 5 de marzo de 2006

¡Castigada en el rincón!


Autora: Mayte Riemens

Supongo que para todos los que compartimos esta afición, es más que claro que el spanking es un juego deliciosamente erótico, que se deriva de una práctica casi extinta, y me refiero –obviamente- al castigo corporal. Antes, aún cuando yo era niña, era bastante común que los padres corrigieran las faltas y travesuras de sus vástagos con “unas buenas nalgadas”. Frases como “síguete portando de esa manera y te voy a dar tus nalgadas” o “¡estate quieto o te nalgueo aquí mismo!”, eran más o menos comunes y solían provenir de unos dulces labios maternos o ir acompañadas de la dura mirada de un padre desesperado.

Cuando la falta lo ameritaba, las nalgadas se acompañaban de otros correctivos, quizá el más común era el que consistía en pasar un rato más o menos largo, de pie frente a un rincón o de cara a la pared. Nunca le he encontrado las cualidades pedagógicas a esta pena, pero mucho oí que lo que buscaba era que el infractor dispusiera de un tiempo, sin distractores de ninguna especie, que debería dedicar a reflexionar sobre su falta y a encontrar el arrepentimiento real, independientemente de que resultaba cansado y aburrido, por lo que su calidad de castigo no estaba en duda.

El tiempo en el rincón podía venir después de las nalgadas, o antes, si es que había necesidad de esperar a que el ejecutante del castigo llegara a casa o se desocupara de otras actividades más urgentes. Pero también, el rincón podía ser el único castigo y esto era más que común en el ambiente –siempre añorado por los spankos- del aula escolar.

El castigo en el rincón pobló mis fantasías infantiles tanto como las nalgadas, sería porque en las historietas, caricaturas y películas, aparecía como tema recurrente. Pero, además, el rincón sí era una realidad constante en mi vida. Algunas veces lo sufrí en carne propia y también pude verlo, aplicado en otros, en infinidad de ocasiones. Era un castigo muy socorrido en la escuela: cuando los maestros se hastiaban del mal comportamiento de alguno de sus alumnos, lo enviaban al rincón del aula y lo hacían permanecer ahí por un buen rato.

No he olvidado algunas de mis visitas a ese inhóspito lugar. En primer año, una maestra, conocida en el ambiente escolar como la peor de las brujas, me descubrió charlando mientras el resto de mis compañeros cumplían con el ritual diario de repetir en voz alta, de pie al lado del pupitre, las tablas de multiplicar. Como era de esperarse, me reprendió y quiso saber si ya me sabía las tablas… Terminé de pie ante el rincón, con los brazos estirados sobre mi cabeza. Y estuve ahí largo rato, hasta que la visita de la directora de la escuela me hizo volver a mi lugar, con los brazos entumidos y los pies cansados.

Pocos años más tarde, quizá en cuarto grado, una auxiliar de la dirección de la escuela nos pescó, a una amiga y a mí, cuando extraíamos un par de caramelos de la tiendita, obviamente sin pagarlos. Se nos armó la grande. Gracias a que no teníamos antecedentes, logramos evitar que nuestros padres fueran informados del hurto, pero estuvimos lo que recuerdo como un muy, muy, muy largo rato, castigadas frente a un rincón del despacho de la directora, sintiendo o imaginando, su mirada reprobatoria en nuestras nucas.

Al año siguiente, mi entrañable profesor de inglés –oriundo de Inglaterra y, según creo, spanker declarado- me envió castigada al rincón del aula, pues ya no toleraba mi mal comportamiento. Estuve ahí el resto de la clase y después, cuando todos mis compañeros habían salido del aula, el profesor me reprendió severamente y me dijo que, si por él fuera me pondría sobre sus rodillas, me bajaría los calzones y me daría unas buenas nalgadas. Creo que ese día nací como spankee, pues he de confesar que todo el barullo que hacía yo en clase estaba dirigido a atraer la atención de ese hombre que –a mis escasos once años- me despertaba una inexplicable atracción y admiración.

No sé si estos tres episodios de mi propia historia pueden explicar mi gusto por el rincón. Uno, por haber sucedido cuando era yo muy pequeña y por ello ser especialmente traumático, el segundo porque realmente la pasé muy mal cuando la directora me hizo ver que lo que había hecho era robar, acción especialmente fea y deleznable que me hacía sentir verdaderamente arrepentida, y la tercera… pues por el delicioso protagonista, destinatario ignorante de todos mis suspiros.

He sabido que a la mayoría de mis colegas spankees no les gusta el rincón. Les parece aburrido y consideran que puede dar al traste con todas las sensaciones generadas por la tunda precedente, que puede incluso, poner fin a la excitación lograda. En contraste, he notado que a la gran mayoría de los spankers les parece atractiva, y supongo que excitante, la visión de su spankee en el rincón. No soy spanker, pero a mí, me gusta y me excita el rincón.

Tomar a una spankee, colocarla sobre las rodillas y aplicarle unos azotes, puede ser logrado mediante el uso de la fuerza. No sucede lo mismo cuando se le envía al rincón. Para ello se requiere la aceptación, al menos la resignación de la spankee, y sobre todo, se necesita que el spanker haya sido suficientemente convincente con las nalgadas, para lograr la obediencia de su spankee.

Por supuesto, hay spankees sumisas que lo harán sin chistar. Yo misma podría ser una de ellas en algún momento. Pero hay otras que lucharán antes, durante y después de la tunda, para evitar ser azotadas. ¿Cómo lograr que estas rebeldes obedezcan la orden de permanecer en el rincón? Por supuesto, con más nalgadas, con amenazas de azotes cada vez más severos mientras más tarden en obedecer… ¡Mmmmmh! Deliciosas escenas que de sólo pensarlas me despiertan sensaciones exquisitas.

Lo que más me gusta del spanking es sentirme castigada. Saber que existe alguien capaz de imponerse a mi voluntad, alguien en quien puedo depositar todas mis confianzas y, de alguna paradójica manera, deshacerme de cualquier responsabilidad. Me gusta sentirme en manos del otro, saberme querida, cuidada, atendida… Algo hay también de esa admiración y atracción al ser más poderoso, al que todo lo puede y, por lo tanto, todo lo resolverá. Por eso es tan placentero luchar contra él, pues existe la certeza de que pese a toda la pelea, él terminará triunfando y me azotará, lo cual no hace más que confirmar y acrecentar esa sensación de que es poderoso y que me cuidará.

Pero también hay días en que una prefiere la pasividad. Jugar a ser la buena niña obediente que, temblorosa y asustada, se somete al castigo que sabe merecer, por más severo que éste sea. Qué placer, entonces, cuando el spanker ordena que te coloques en sus rodillas, qué delicia cuando te obliga a que tú misma te levantes la falda o te bajes los pantalones, qué excitación cuando, te ordena que te vayas al rincón y no te muevas. Y estar ahí, con las nalgas bien azotadas, calientes y enrojecidas, exhibiéndolas para él, con ese extraño sentimiento de vergüenza y placer mezclados, con el temor y la esperanza de que los azotes recomiencen si acaso te mueves un poco, es para mí, terriblemente excitante.

Un rincón de aperitivo es delicioso, pues te hace imaginar lo que sucederá después, te prepara para las nalgadas y comienzas a liberar fluidos, saboreando de antemano el momento exquisito de estar en sus rodillas, con las nalgas expuestas, recibiendo sus fuertes palmadas. Además, alarga la sesión y permite que el castigo inicie incluso antes de que él llegue a casa. ¿Cómo no derretirte cuando recibes un mensaje redactado más o menos así: Vete a casa y espérame parada en el rincón, con las bragas en las rodillas? El sólo leerlo me humedece. Y aunque él tarde más de lo previsto, disfruto cada minuto de castigo. No es aburrido cuando estás imaginando lo que pasará después, cuando te das cuenta que estás ahí jugando con él sin que él esté, cuando piensas en lo que él está imaginando mientras maneja [conduce] de vuelta a casa, desesperado por el tráfico y sabiéndote en la postura que él te exigió.

¿Qué tal un rincón entre tundas? Después de una buena nalgueada, te manda al rincón, a exhibir tus nalgas castigadas, a “buscar el arrepentimiento”. Estás ahí, a sabiendas de que no se ha terminado, que habrá más nalgadas, pero él juega con tu paciencia, con tu tolerancia. Quizá te está dando un respiro pues pretende continuar los azotes con algún instrumento. El rincón es como una pausa, como la nieve [sorbete] de limón entre dos platillos deliciosos de sabores muy fuertes. Quizá, solamente, le duele la palma de la mano y está descansando, o quiso fumarse un cigarro, pensando que la tarde será aún muy larga. En todo caso, saber que estás ahí, sólo mientras él se anima a continuar con los azotes, es muy excitante.

Y después, como postre del castigo pero como aperitivo para el sexo. El rincón te hace sentir castigada, pero también admirada. Sabes que él te está mirando, que repasa esa parte de tu cuerpo en la que se aplicó con deleite y que a ti te hace sentir tan deseada. Y cuando decide que el castigo fue suficiente, se acerca sin que lo puedas notar y comienza a acariciarte, besos en la nuca y en el cuello… sus manos pasean por tu espalda y tus nalgas y comienza a despojarte de la ropa que te queda… ¡Mmmmmh!

Por eso es que a mí, me encanta el rincón. Parece que soy un bicho raro entre las spankees. Infortunadamente, como si la Ley de Murphy fuera una condena, a mi spanker – a diferencia de la mayoría – no le gusta enviarme al rincón.

7 comentarios:

gavi dijo...

Woooow Mayte Riemens!... casi consigues que me guste el rincón! jaa!... haces un deliciosa descripción de él y sus motivaciones y sus consecuencias... es más... me gustaría que me gustara! jajaa!... pero la dolorosa y fea realidad es que no... y pasa que... si algo me resulta terriblemente agobiante... es el aburrimiento... y el rincón para mí lo es... no encuentro placer en el castigo además del castigo y lo siento humillante... vete tú a saber qué fijación infantil fijada en la infancia tenga yo al respecto!... y para cerrar con broche de oro... recibir nalgadas estando parada... tampoco miusta.
Con gusto de verdad te pasaría las pocas experiencias que tengo al respecto... Oye... me autorizas escribirle a tu Spanker para explicarle algunas cosas y hacerle algunas sugerencias? :) ... lo digo en serio.
Un beso muy grande
gavi

Fer dijo...

ESte artículo de Mayte, además de estar muy bien escrito, es absolutamente instructivo para spanker y spankees. Brinda oportunidades muy buenas en todas las variantes del rincón.

Personalmente descarto el rincón al final porque "enfría" la situación, a menos que la spankee sea una fan del rincón... el caso es que, pese a la visión mayestática de unas nalgas rojas con el vestido levantado y las braguitas a medio muslo, puede ser también un factor de enfriamiento.

En cambio la sugerencia del rincón inicial o entre dos castigos de diversa intensidad... mmmmm me parece muy, pero que muy, sugerente.

Tengo que confesar que la lectura del artículo me resultó muy excitante. Espero que a muchos otros lectores y lectoras les haya ocurrido lo mismo.

Tane dijo...

Pues no puedo por menos que opinar como Gavi, me encantaría que me gustase el rincón, pero...no es el caso, me cortaría el rollo porque, igualita que la Gaviota, lo encuentro humillante y aburrido.
Menos mal que a algún spanker que conozco no es lo que más le emociona.
Besos

Ocho dijo...

Pues a mí también me gusta el rincón, así que, ¡Mayte, no estás sola! Me gusta que me manden al rincón, y hasta el momento presente, no me puedo quejar, porque todos los spankers con los que jugué lo hicieron, antes o después. Ahora bien, matizaré mis gustos: Me gusta el rincón, pero no para demasiado tiempo, porque me aburrooo... ¡Jajaja! Me gusta mucho más como intermedio que como fin de fiesta, para saber que "lo más divertido" aún no ha terminado, y me gusta, sobre todo, cuando lleva incluida alguna otra orden que yo pueda desobedecer, pues eso me hace ser quien controla el tiempo, y saber que no llegaré a aburrirme... Pongo el ejemplo: No es lo mismo que te digan "Y ahora te vas al rincón, tal y como estás, y te quedas ahí hasta que yo te diga, pensando en lo que has hecho", a que te digan "Y ahora te vas al rincón, y no quiero verte mover, ni que te frotes las nalgas. Como te vea... te acuerdas". Con la segunda frase, a mí me consta que el spanker está pendiente de mí, y si quiero terminar con el momento y continuar con la azotaina, sólo tengo que moverme y/o sobarme, con más o menos fruicción. ¿Me explico? Además, a diferencia de algunas opiniones que he leído por aquí, yo tengo la suerte de que sí me gustan las nalgadas estando de pie (¡y además, muuuuuucho!), por lo que la situación que puedo llegar a forzar no me es para nada desagradable...

Vicious dijo...

El rincon!!! Perdonenme,ya se que no todos piensan como yo, pero no puedo creer que haya spankers que no disfruten mandar a sus spankees al rincon...... Digo, ellas lo repiten una y otra ves, es humillante para ellas, como no serlo, es un castigo absolutamente infantil... Ademas antes del castigo en si la spankee se va poniendo nerviosa/ansiosa haciendo que finalmente el castigo sea mas....... jejeje
Y despues..... imaginen a la pobre spankee parada en el rincon, con las nalgas bien rojas (igual que sus mejillas por la verguenza) y sin siquiera poder frotarselas..... Y si encima la haces sentarse para que tenga un contstante recordatorio de lo que le pasa a sus pompis cuando se porta mal.... ADEMAS es un excelente castigo extra por si la spankee fue lo suficientemente traviesa como para portarse mal aun durante elcastigo por sus travesuras(valga la rebundacia)....... Ya se que no todos piensan como yo, pero quiza inconcientemente estudie psicologia solo para saber como a algunos spankers no les guste mandar a sus spankees al rincor..... A mi me gustaria hacerlo si tuviera alguna spankee por estos lares=P.....
Mariano (alias Vicious)

Fer dijo...

Me parece fantástico que este excelente artículo tenga comentarios que aún sean capaces de dar otros puntos de vista sobre el castigo del rincón, creo que el enstusiasmo de la autora nos ha contagiado a todos un poco y nos ha hecho reconsiderar nuestras ideas, en unos casos, y reafirmarlas, en otros.

Anónimo dijo...

Hola a tod@s:
Me ha gustado mucho el post, Mayte.
La verdad, que en mi relación de disciplina doméstica, es un complemento muy utilizado, tanto por mí, como por mi pareja.
En mi caso, esperar a la temida azotaina cara a la pared, sin otra cosa que ver que la pared, me empieza a poner en mi sitio, y me hace pensar en la que se me viene encima. Es un castigo añadido. La espera, el ver que ella pasa por mi lado, pasa de largo y me hace esperar, el no saber cuando empezarán los azotes... a mi no me parece "aburrido". Me parece un castigo en toda regla. Esperar cara a la pared, de pie con las manos sobre la cabeza, o de rodillas con los brazos en cruz, sin poder mirar a otro sitio que no sea la pared, no sea que caiga algun azote de propina... En fin, que acabe ya esto.
Hasta que por fin llega el momento de los azotes. Que ella me llame y vayas con cara de corderito empezando a aceptar el castigo, o que en una de esas pasadas te agarre de la oreja y te lleve a descansar sobre sus rodillas, o sobre la cama... Ni siquiera has dejado de ver el "rincón de pensar" y ya quieres volver a verlo... eso sí, con otra sensación en tu trasero.
Cuando vuelves a verlo, está muy calentito, coloradito, y lo puedes ver de dos maneras:
Sentado en una silla, que te recuerda lo que acaba de pasar, o de pie o de rodillas, con el culo bien expuesto a un posible azote en una de sus pasadas por detrás tuyo, y eso sin poder frotártelo. Además, en esta ocasión acompaña la visión de la pared un gracioso baile... jejeje.
Y ahí estás de nuevo. Castigado como el niño rebelde o desobediente o travieso que eres. Puede que vuelvas sobre sus rodillas de nuevo, o puede que estés un buen rato en esa posición hasta que, por supuesto, de la oreja te manden a la habitación a la cama sin cenar, o te siente en una silla a hacer tropecientas copias... o a saber. De momento aqui sigues.
Me consta que a mi chica le produce unas sensaciones muy parecidas cuando la que merece un buen castigo es ella.
Maldito rincón... ¿o no? jejeje
Saludos a tod@s.