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jueves, 1 de noviembre de 2007

El miedo de la spankee




Autor: Mayte Riemens

De acuerdo con el diccionario, el Miedo es una emoción desagradable, de intensidad diversa, debida a un peligro actual o futuro, o bien, la sospecha de que vaya a ocurrir algo no deseado. Bueno, pues entonces lo que siento no es miedo; porque no es desagradable y porque lo que sospecho que va a ocurrir cuando lo experimento, es algo que deseo intensamente.

Pero alejándome de las categorías y definiciones académicas, apegándome al lenguaje coloquial: yo siento miedo. Y trato de explicarlo: Una emoción inmensa que hace que el corazón me lata a mil por hora mientras las manos me sudan y me tiemblan; los nervios me traicionan y no puedo controlar mis propias reacciones ni mantener la serenidad para que mi voluntad siga siendo mía, para comportarme como la mujer que soy y que suele hacer lo que le da la gana…


Algo que deseo va a suceder, algo que me va a generar un inmenso placer, pero que al mismo tiempo va a provocarme dolor y vergüenza, algo que quisiera poder controlar pero que ya no está en mis manos…


Difícil de explicar, casi imposible. Y es que el miedo de la spankee es paradójico y contradictorio, pero sobre todo, es inmensamente placentero. He de aceptar que, hasta hace muy poco, no lo había experimentado en su totalidad, pese a que ya tengo algunos años practicando el delicioso juego del spanking.
Para mí, el miedo es un aderezo básico para que el juego sea aún más placentero y satisfactorio. Y es que, volviendo –como siempre vuelvo- a los orígenes de nuestra fantasía, el recibir un castigo siempre es motivo de miedo. Los niños y jóvenes temen ser castigados, incluso, es el miedo a recibir el castigo el que hace que –en teoría- enmienden su comportamiento y eviten volver a encontrarse en una situación que les genera dolor, vergüenza y algún otro efecto desagradable o, al menos, inconveniente.


Sin embargo, en nuestra fantasía, no se pretende, en realidad, modificar conductas y, al contrario de lo aparente, el castigo busca despertar placeres, en lugar de sensaciones desagradables. ¿Y entonces, de dónde viene el miedo? Creo yo que proviene de la entrega absoluta, de la certeza de que una vez iniciado el juego, tu voluntad se anula y estás en manos del spanker, del convencimiento de que –palabra de seguridad establecida y conocimiento total de las condiciones- no puedes hacer nada para evitar lo que se te viene encima. Va a doler, va a ser vergonzoso y no puedes echar marcha atrás.

No sé si las spankees compartan mi sentir, por eso hablo por mí misma. Tengo una palabra de seguridad, pero la guardo en lo más recóndito de mi conciencia para que el dolor o la cobardía no me hagan utilizarla, cuando mis hormonas y deseos prefieren continuar con el juego. Sé además, en manos de quién me pongo, sé que él no irá más allá de lo que mi propio cuerpo y reacciones le indiquen. Aún así, entiendo la necesidad de la palabrita y recomiendo su existencia, pero yo, prefiero hacer como que no existe. Y es que para mí, lo realmente excitante y exquisito es sentir que estoy siendo castigada, que estoy en sus manos, que no puedo ni debo resistirme, que el castigo sólo se detendrá cuando él considere que el escarmiento ha sido suficiente.


Y, aún cuando sepa la gravedad de mis “faltas”, desconozco el momento en que mi spanker decidirá que ya he recibido el correctivo adecuado, y dará el castigo por terminado. Supongo que es ese desconocimiento el que genera el temor.


Pero este miedo es muy diferente al que uno puede tenerle al dentista o a que te asalten en el metro, incluso el miedo a perder el empleo o a que le suceda algo a algún ser querido. El miedo de la spankee es un miedo cachondo, es el miedo absurdo, pero real, de conseguir algo que se desea. Una llamada en la mañana, un mensaje o correo en el que el spanker, hábil y seductoramente, te avisa que ya se ha enterado de tu mal comportamiento y que te prepares, pues en la noche te dará lo que mereces. Para mí es una descarga de hormonas y humedad que durará todo el día, acompañada de una placentera sensación de fatalidad. Y conforme se acerca la hora del encuentro, comenzaré a sentir que el corazón me tiembla, que el estómago se agujera y que no soy capaz de controlar mis manos. Sé que va a dolerme, también sé que va a gustarme. Me asusta el regaño, la posibilidad de que utilice algún instrumento que incremente el dolor, que me sorprenda con un castigo nuevo o que yo, impulsada por los nervios, cometa alguna tontería que provoque su “enfado”, con las debidas consecuencias para mis nalgas.


Durante esas horas no puedo dejar de imaginarme sobre sus rodillas, vulnerable y sometida, con la piel enrojecida al descubierto, lloriqueando y gimiendo la promesa de que no lo volveré a hacer. Sí, ¡delicioso! Pero igual me da miedo. Tanto que al encontrarme con él siento que estoy palideciendo y me empiezan a temblar las manos y las piernas, algún extraño terremoto sube y baja por mi pecho y casi de manera inconsciente le pido que no me castigue… cuando es precisamente la certeza de que eso es inevitable, lo que me provoca una sensación deliciosa y extraña que agita cada centímetro de mi cuerpo.

Y el miedo se incrementa cuando, por ejemplo, el spanker se quita el cinturón. La descarga hormonal es mayor, la humedad se multiplica y vuelvo a temblar y a gemir, a suplicar que no use la correa, a asegurar que no lo volveré a hacer… Podría parecer una actuación magistral, pero estoy segura que si tuviera que actuar, con la seguridad de que no habrá azotes, no podría desempeñar mi papel de manera tan convincente. Y es que no actúo, de verdad siento miedo, de verdad intento disuadir al spanker de su decisión de castigarme, aunque sé que es inútil; el castigo llegará y mientras más me resista, será más severo. Eso es realmente excitante.

Paradojas y contradicciones así son las que hacen del spanking algo exquisito, apasionante y adictivo.

miércoles, 11 de abril de 2007

Mis tres fantasías más locas

Autor: Ana K. Blanco


Cuando sueño despierta, fantaseo. Algunas fantasías que tuve durante muchos años se hicieron realidad, y eso es lo malo de las fantasías: que cuando se hacen realidad, dejan de ser fantasías...

He tenido fantasías toda mi vida, y ¿quién no? Fantasías económicas soñando qué haría con tal cantidad de dinero, fantasías familiares soñando qué pasaría si fulano vuelve a hablar con tío perengano, fantasías sexuales vainillas (me ahorraré el comentario) y fantasías spankos que son en definitiva las que nos interesan aquí...

Estas son las mías, y las comparto con ustedes.

Primera fantasía:

Ser azotada por dos spankers.

Esta confesión pública ya la hice en diciembre del 2005 cuando escribí el relato Los hermanos sean unidos. Pero mi fantasía podría venir a los tiempos modernos y ser algo como esto:

Al haber cometido un error imperdonable en mi trabajo, mi jefe inmediato es llamado por el Gerente General para pedirle explicaciones por semejante negligencia. Mi jefe le explica que fue mi error y ambos me llaman a la oficina del Gerente General de la empresa. Allí ambos me sermonean sobre mis responsabilidades y me anuncian que seré castigada. Discuten entre ellos quién me castigará y deciden hacerlo los dos.

Primero lo hace mi jefe porque es mi responsable directo, y el Gerente lo guía en el castigo. Luego pasa a castigarme el Gerente bajo la supervisión de mi jefe. Y para finalizar me castigan al unísono. Mis pobres nalguitas recibirán la visita de instrumentos variados: mano, paleta, regla, cane, fusta... y hasta un rebenque.

¿Qué tiene de extraño o de loco esta fantasía? preguntarán ustedes. Pues... nada en realidad, pero... ¡qué morbo que me da pensar en ella!!

Segunda fantasía:

Ser azotada en público.

Aquí en realidad, la fantasía tiene más de un rumbo:

1) Echándole mano a los recursos modernos, podría ser una azotaina por internet, donde varias personas vieran el castigo. Los que participaríamos en el castigo, estaríamos con máscaras de forma que no se nos pudiera reconocer, pero aún así es una fantasía que más de una vez viene a mi mente. Esto me lo propuso una vez un spanker y me pareció horrible. Aún hoy me lo parece y sé que no lo haría, pero... "¡qué morbo que me daaaaaa...!"

2) En una reunión de amigos, que mi spanker me haga pagar en público una majadería: un capricho, desobedecer una orden, dejarlo mal parado con algún comentario, emborracharme y hacer algún disparate... Los amigos tomarían a broma que él me azotara las nalgas, pero ¡yo pasaría la vergüenza de mi vida!

3) En la vía pública, o en una plaza, o en un restaurante o pub: cruzar con la luz roja, arrojar desperdicios al suelo, tirar una copa y desparramar el líquido, pedir algo que luego no consuma, que me haga mal la bebida.... Todos sabemos que razones son lo que sobran.

¿Qué pensarían los transeúntes si mi spanker se parara en la esquina al lado del semáforo a nalguearme de pie?

¿Y qué dirían los transeúntes si se sentara en el banco de la plaza y me cruzara sobre sus rodillas para darme una buena azotaina?

¿Y qué tal si corriera su silla en el restaurante y me obligara a colocarme en otk?

La gente: asombrada. Yo: muerta de vergüenza. Mi spanker: ¡disfrutando del momento!

Y todo eso sin contar lo que me haría al llegar a la casa...

Tercera fantasía:

Dominación, BDSM y Spanking: "LA" mezcla.

Aclaro que no soy partidaria del BDSM, pero sí me gusta el spanking que contiene pequeños toques de Dominación, de Bondage y de Sado.

El lugar sería un sótano (¿dónde más?). Yo estaría atada de pies y manos, con venda en los ojos, recostada sobre una mesa o un caballete de spanking. No sabría de dónde aparecería el golpe hasta que lo sintiera en mi piel. No sabría si me estaría azotando una persona, o dos, o... No sabría si hay espectadores. Mi única visión sería la que mis oídos me permitieran percibir...

Ya con las nalgas muy rojas, sentir sobre ellas la cera caliente de una vela. Imagino la sensación de quemazón por cuestión de segundos.

Estar atada en diferentes posiciones que no sean forzadas, o sea, que no me obliguen a ponerme en posiciones demasiado incómodas. Que mi spanker me haga imaginar situaciones inexistentes, pero que yo sienta que son reales. Al estar atada y vendada mis sentidos se agudizarán y puedo tener más oportunidad de sentir placer, no sólo físicamente sino también mentalmente, pero éste último llevado a su tope máximo...

Mi fantasía se trata de goce a través del dolor, no del dolor por el dolor en sí. Me gusta sentir el placer que me regala ese dolor, pero cuando llega al techo o al límite en que el dolor es dolor solamente... ya pierde sentido para mí.

Estas son mis tres fantasías más locas, o por lo menos las que me dan más morbo. No quiero decir que para mucho de ustedes sean sosas, pero para mí son fuertes porque sé que siempre se quedarán en lo que son: fantasías. Porque si algún día se cumplieran, sería una pena porque... ¡dejarían de ser fantasías!

Ahora les propongo que cada uno de ustedes cuente cuál es su fantasía más loca, la que le parece irrealizable, la que más morbo le da, la que hace que los "ratones" que caminan en nuestro cerebro se conviertan en elefantes y nos coman la cabeza. ¿Quién se anima a contar?

Me quedo aquí, sentadita y esperando a que me den ideas para seguir fantaseando, para seguir sintiendo morbo, para saber que soy una depravada o sentirme como una monja de clausura...

A ver los valientes spankers, a ver las arrojadas spankees... ¿quién dice yo??

lunes, 19 de febrero de 2007

Vidas paralelas de spankees


Autor: Fer


Muchas veces por comentarios, artículos o comunicaciones privadas he pensado que a través del blog se descubren y reflejan vidas paralelas de spankees. No quiero omitir que este nombre, Vidas Paralelas, es el título de un libro de Plutarco, un griego muy ingenioso que vivió hace ya un buen tiempo y, por lo visto, como era de familia pudiente pudo viajar varias veces entre Grecia y Roma y reflejar sus impresiones en una obra clásica, en ella demuestra que el carácter es la variable mayor ente las personas...

Tal como en el libro del amigo Plutarco, muchas spankees descubren en otras spankees rasgos, circunstancias y hasta caminos del pensamiento inquietantemente similares. Sin embargo las coordenadas de edad, país de residencia, contexto familiar, trayectoria, forma de ver las cosas y mil otros datos, no coinciden en absoluto.

Algunas veces a las amigas spankees estas coincidencias les producen tranquilidad, básicamente la sensación de “oh, no soy tan rara, hay otra chica en México -pongamos por caso – que ha tendido con los azotes eróticos y todas las fantasías que los rodean los mismos pensamientos, miedos y ha deducido las mismas cosas que yo”. Sin embargo a para otras esto ha sido así, pero por otra parte se ha producido el pensamiento del tipo “no soy tan original como hasta ahora me creía, esto le pasa a otra chica que está en Andalucía (lo de la Comunidad Autónoma Andaluza es un ejemplo inventado)

Se me ocurre, a la espera de mejores criterios y aportaciones más precisas, que ni lo uno es tan extraordinario ya que todas esas experiencias vienen matizadas por el carácter y personalidad de cada una, como hubiese dicho el bueno de Plutarco, y el caso de no encontrarse tan especial, única y original, no puede ser tan exagerado ya que cada uno de nosotros seguimos siendo únicos.

Concluyo, como siempre, de forma provisional, que la comunicación a través de internet permite, de forma instantánea, acercar esas vidas paralelas, pero al igual que las líneas rectas paralelas esas vidas discurrirán cada una por su cauce respectivo siendo siempre algo diferentes y muy similares en muchas cosas, lo que demuestra que tampoco vale la pena complicarse tanto con esto del spanking.