sábado, 11 de noviembre de 2006

Narraciones del mundo vainilla


Autora: Mayte Riemens (Bruja Mestiza)

Hace tiempo, por medio de un artículo aquí mismo publicado, Recuerdo y homenaje. Historietas y comics, ofrecí un pequeño homenaje a los comics o historietas de dibujos, que fueron consuelo y alimento de mis fantasías spankas en los años infantiles y de juventud. Pero quedó pendiente comentar algunos otros medios en los que también me encontré, en menor medida, algunas escenas que alimentaron mis fantasías, con este artículo pretendo continuar hablando de ese tema: las nalgadas en el mundo vainilla.

Es tema común entre los spankos el hablar de sus experiencias previas a su entrada al Internet, cuando su afición spanka vivía en la clandestinidad y sus deseos y fantasías se veían pobremente satisfechas con imágenes fugaces que encontraban en la televisión, el cine o la literatura. Yo misma viví esa etapa con un eterno sentimiento de frustración.

Cuando te topabas con una escena de nalgadas, siempre era parcial, algo le faltaba o le sobraba, pero bastaba para alterarte el equilibrio hormonal y acelerarte los latidos del corazón. Era casi como quedarse a medias, como estar a punto de llegar al orgasmo y que alguna interrupción abrupta te lo impidiera.

La misma frustración te impulsaba a buscar escenas, se convertía casi en obsesión malsana y ojeabas cientos de revistas, libros y pasquines, mirabas cuanta película buena o mala ofrecieran por la televisión, en la que lejanamente suponías que podía haber una escena. Hay quien elegía las películas del viejo oeste, en donde, a veces, John Wayne o cualquier otro áspero vaquero, propinaba unos buenos azotes a alguna chica rejega o soberbia. Yo me inclinaba por las películas, programas o libros en donde se recreaba el ambiente escolar. Un buen internado inglés, por ejemplo, casi ofrecía una garantía de que habría, si no azotes, algún conato de ellos, que para ese entonces ya era algo.

Así, en mi búsqueda obsesiva, me topé algunas veces con alguna pequeña satisfacción, otras –las más- fue pura casualidad. Ahora, y entre spankos, sabemos reconocer los “clásicos”, pero en mi infancia y juventud yo no lo tenía tan claro y siempre era gratificante encontrarme con alguna referencia: Tom Sawyer, La Cabaña del tío Tom, Príncipe y Mendigo. Por supuesto, algunas resultaban más emocionantes que otras, pero insisto, que en esos tiempos, cualquier mínima referencia ya era de agradecer.

En una novela de Salvador de Madariaga: El Corazón de Piedra Verde, me topé con una escenita que prometía ser deliciosa y acabó siendo frustrante: el padre descubre a su hijo hurgando en un armario y sacando de él unos largos bastones que, por alguna razón, habían permanecido escondidos. Enfurecido, el padre desnuda las nalgas del muchacho y con uno de los bastones se dispone a castigarlo, pero al primer azote, el bastón se quiebra y un río de monedas cae sobre las nalgas del chico que, asustado, aprovecha la confusión para vestirse y salir corriendo. Nada más frustrante que leer y releer la página, con el vano deseo de que algo se haya modificado desde que, segundos antes, la leíste por primera vez.

También en la serie de libros de Maurice Druon, denominada Los Reyes Malditos, me encontré con un par de referencias a los azotes. En uno de los libros, posiblemente el segundo –y perdonen mi ingrata memoria- se menciona a la carrera, la humillación pasada por un soldado de la guardia de la Torre de Londres que, obligado por su capitán, había tenido que, y cito de memoria: bajarse las calzas frente a todos sus compañeros y recibir el látigo en las nalgas. Poca cosa, pero suficiente para una adolescente ávida de relatos de azotes. En otro de los tomos de la misma serie, se narra la paliza que el rey de Francia le propina a su consorte por utilizar el sello real sin su permiso y fraguar así el ajusticiamiento de un hombre noble. La escena no es explícita, no detalla si los azotes son en las nalgas o si el rey sólo se le va a su mujer a los golpes. Pero, en cambio, detalla con todo y diálogos, el regaño que recibe la reina y la vergüenza que pasa al ser castigada ante un testigo. Agrega que la servidumbre del castillo se amontona ante la puerta de la cámara real, a oír los gritos de la reina y que la narración de aquella paliza hizo las delicias de la gente de palacio durante varios meses, y otra vez estoy citando de memoria.

Recuerdo una novela que se desarrollaba en la corte de los Reyes Católicos, ni siquiera recuerdo el nombre ni el argumento, pero la escena en que la princesa Juana es castigada con unos azotes, por órdenes de la severa reina Isabel, con motivo de haber faltado a misa, me quedó grabada en la memoria. Aunque tampoco había detalles ni narraba más allá de la angustia de la madre por verse obligada a mandar el castigo de su pequeña hija.

Mi madre era lectora asidua y suscriptora de la revista Selecciones del Reader’s Digest, y yo, a veces, ojeaba las páginas de las publicaciones en busca de chistes y cuentos cortos. Ahí me encontré en épocas y números diferentes un par de relatos –de esos “de la vida real y con moraleja”, tan típicos de esa revista- que incluían alguna escena de nalgadas, o casi. En el primero, un hombre cuenta sus recuerdos infantiles, con la intención de mostrar cuánto aprendió de su padre. Retrata a su padre como un hombre trabajador y de rectitud inigualable, que de vez en cuando le daba alguna paliza. Lo que mejor recuerdo es que el autor cuenta que respetaba y temía tanto a su padre que alguna vez, por alguna pequeña fechoría, lo mandó a pararse de cara a un rincón, después de la comida. El hombre olvidó al chico y se fue a trabajar, cuando volvió por la noche, el niño seguía en su rincón, temeroso de que si abandonaba el castigo, su padre le daría unos azotes. Nada impresionante, pero me procuró un alegre rato de fantasías.

En otro relato, publicado por la misma revista, una mujer narraba sus experiencias escolares, con el fin de enaltecer el recuerdo de una maestra. Contaba que en un examen, ella y una compañera, se habían copiado las respuestas y que la maestra las había descubierto y citado a que esperaran después de clase, para ajustar cuentas. La mujer narra cómo ella y su amiga, sufrieron el temor por el castigo, aumentado por terribles historias que compañeros de clases superiores les contaron sobre traseros ampollados por la palmeta de la severa profesora. Finalmente, las chicas reciben el regaño y son obligadas a empinarse sobre el escritorio de la maestra, una frente a otra, y a tomarse de las manos una a otra. El castigo comienza y ambas escuchan el duro azote, sobre lo que creen que es el trasero de la otra, los azotes se continúan entre los llantos y gritos de las asustadas niñas. Al fin, una de ellas le pregunta a la otra si se encuentra bien, y ésta responde sorprendida: ¡Pero si te están castigando a ti! La maestra golpeaba con su paddle de madera el asiento de una silla y no a las chicas, pretendía corregir sólo mediante el miedo. ¡Gran decepción! Pero todos los preliminares fueron realmente inquietantes.

La televisión a veces ofrecía alguna escena. Yo era asidua a algunas series, ya de muy pequeña me gustaba ver La Pandilla, que narraba, en cada capítulo, las aventuras y travesuras de un grupo de niños. Ahí vi, quizá mi primera escena de azotes, aunque al final resultó poco ortodoxa, todo el contexto fue una delicia, al menos así lo recuerdo. El capítulo trataba sobre el extravío de algún documento, muy importante y valioso para los padres de uno de los niños. El chico era acusado de haber tomado el documento para jugar y el pequeño, por alguna razón, creía que así era. Durante el resto de la aventura, el niño pasaba por la angustia de quien sabe que recibirá el castigo, había amenazas, regaños, lloriqueos y muchos intentos, por parte del acusado y sus amigos, de recuperar el documento. Al final, el padre decide que es tiempo de darle su merecido y el niño, para evitar el dolor, se coloca un libro entre el pantalón y las nalgas. El padre pone al niño en sus rodillas y con la primera palmada descubre la trampa. Al sacar el libro de los pantalones del muchacho, el documento perdido sale de entre las hojas. Y en virtud de que el libro era uno que el padre había estado leyendo, se descubre que es él el culpable. El capítulo termina con el padre a cuatro patas, en el suelo, recibiendo los azotes que el hijo le da con el propio libro. Tampoco es que fuera gran cosa, pero a mi corta edad debió despertarme muchas sensaciones, tan es así, que aún lo recuerdo bien.

Ya mayor, pesqué en alguno de esos canales que tienen poca audiencia por ser calificados de “culturales”, un capítulo de una serie en blanco y negro de manufactura inglesa. Se desarrollaba en un internado de varones y pude presenciar una buena sesión de azotes al más puro estilo victoriano. El chico era obligado a inclinarse sobre una mesa, dos de sus compañeros le sostenían las manos mientras otro le apartaba los faldones de la chaqueta, entonces un profesor le aplicaba, frente al resto de la clase, una buena tanda de varazos en las nalgas, protegidas por el pantalón. Poco se veía de los azotes y la cámara se centraba en los gestos de dolor del muchacho y en las caras de sorpresa y susto de quienes presenciaban el castigo. Esa sí fue una verdadera visión de spanking puro que alimentó mis fantasías durante muchos meses, incluso años.

Por supuesto, me dediqué a buscar en aquel canal escenas similares, pero poco encontré. Si acaso, en una serie, también inglesa, una chica era adoptada de mala gana por una familia de muchos recursos. La chica sufría toda clase de malos tratos y abusos, y uno de ellos era el de recibir azotes por parte de la madre. Sin embargo, las escenas no eran explícitas y aunque seguí la serie hasta que la chica pudo huir de aquel “hogar”, nunca vi plenamente satisfecho mi morbo.

Aún quedan algunas cosas en el tintero, mi memoria no es tan buena como yo quisiera, pero de pronto, algo me dispara el recuerdo, así que dejo algo para otra ocasión. Falta, también hablar de la pantalla grande, que me ha dado algunas buenas sorpresas, aunque no soy asidua al cine, pero algo podré desempolvar del armario de los recuerdos.

10 comentarios:

javi dijo...

me siento totalmente identificado contigo bruja ,esa ávida busqueda creo que es algo por lo que hemos pasado todos lo spankos que en el mundo somos,lo que pasa es que nadie lo cuenta tan bien como tú,un fuerte abrazo y espero ansioso tu próxima entrega,un beso y hasta pronto.

La expankee dijo...

Nunca dejará de sorprenderme esta total coincidencia entre los spankos, parece que estamos sacados con un molde.
Besos Bruja y gracias.

H dijo...

Cuando tenía 15 años representamos "El médico a palos" de Moliere, yo quería ser la mujer del supuesto médico, en la primera escena éste le da una azotaina a su señora, pero me dieron el papel de la doncella. Mi gozo en un pozo

Anónimo dijo...

Magnífico relato, un placer leerte. Sí, en cierto sentido todos hemos buscado esos momentos en películas, series... muchas veces el castigo solo se sugería, pero en todas me sentía identificado de algún modo con el/la spankee... la certeza del castigo, la mezcla de valentía y vergüenza reflejadas en el rostro del que iba a ser castigado transmitían ese deseo insatifescho de querer saber más, de querer escuchar más, de querer ver más... quizás sea ese juego de sentimientos, de ruidos, ese mundo de sugerencias a temprana edad el que hacía más apetecibles esas escenas y recuerdos que describes tan acertadamente.

spankingflash dijo...

Así es, todavía recuerdo aquellos años. Particularmente, me queda el sabor amargo de los recuerdos, lo que más se extraña es la facilidad con la que uno se imaginaba escenas solo una fotografía semidesnuda y siguiendo el relato de los autores.
Buen post. Saludos

Selene dijo...

Me ha encantado el post, hace reflexionar sobre lo que cada uno ha vivido y sentido al ver las primeras escenas de spank... imágenes que nunca se olvidan y que durante años van llenando las primeras fantasías eróticas juveniles, las primeras dudas y los primeros placeres ocultos.

Muy bien tratado el tema, como todos los que has tocado en este blog Mayte.

spankadistancia dijo...

Que divertido, como todo es tan real, si bien yo dscubrí después que me gustaba el spank ... y mucho, debo haber leído 1000 veces un libro de cuentos que contenía un cuento llamado "La Esposa Azotada" lo divertido es que para leer ese cuento leía también todos los demás "maldita conciencia infantil" jajaja.

La Bruja dijo...

¡Gracias a todos los que me regalan su comentario! No estaba muy satisfecha de este artículo, que escribí como Sor Juana: bajo pedido. Pero me ha gustado el resultado: sus comentarios que lo enriquecen y me dan la certeza de que di en el blanco. Aún me quedan más recuerdos, ya los comentaré en un nuevo artículo. Gracias Fer por animarme. Valió la pena.

Talig dijo...

Yo también me siento totalemente identificada y ahora busco películas, novelas, videos, fotografías, relatos... con desesperación. Gracias por los datos de libros.

Lanzo la pregunta porque soy nueva en esto (apenas salí del closet hace dos semanas): ¿Existe una lista con el nombre de películas con escenas de spanking? ¿Existe algún club, antro, lugar de reunión o lista de spankers y spankees para hacer contactos?

¿Qué opción nos queda a las spankees y a los spankers frustrados por tener una pareja vainilla?

Anónimo dijo...

¿cual es la pelicula de la que hablas en la que azotan a ese muchacho?