
Autor: Vitabar
En un post publicado recientemente Fer menciona cierta mala fama que al parecer tendríamos los spankers. “Se nos atribuye un funcionamiento mononeuronal, poca sutileza y sobretodo muy poca laboriosidad “, dice Fer. Más allá del escaso fundamento del mito de la mononeuralidad y de que cabe la posibilidad de que existan spankers muy trabajadores (a mi no me consta, pero quizá los haya), habría que comenzar admitiendo que en cuanto a la poca sutileza esa mala fama parece estar bastante cerca de la verdad.
Hace ya tiempo que he llegado a la conclusión que la sutil y variada gama de emociones que muchas de las spankees dicen vivir a través de una experiencia de spanking (como las descriptas en este mismo blog hace bien poco por Martina) son incomparablemente más complejas que las sensaciones más bien básicas que –creo yo- sentimos nosotros.

Por supuesto que hablo por mí mismo y quizá las generalizaciones no correspondan (seguramente no corresponden), porque cada cual vive las cosas como puede, pero tengo la fuerte sensación de que el origen de las fantasías spankers (al menos las masculinas) es bastante más elemental.
Me refiero, cabe aclarar, al origen de la fantasía, y no a su desarrollo, ya que una vez que uno se mete en este mundillo otras cosas influyen, empezando por las fantasías de las propias spankees, pero también la literatura y cinematografía que cada día consumimos.
Creo que los spankers somos apenas un subgrupo de la enorme secta masculina de “Los Adoradores de Nalgas Femeninas”, cuyos miembros se cuentan por millones e incluyen a buena parte de la población varonil del planeta.

Esa adoración adquiere, en nuestro caso, algunas características peculiares que nos identifican como grupo, que para mi gusto tienen menos que ver con el martirio de las nalgas que con el regocijo de su vista, la contemplación de sus espasmódicos movimientos al ritmo de los azotes, su aumento gradual de temperatura, su progresivo viraje del rosado al rojo intenso, y la aparición eventual (de acuerdo al instrumental utilizado) de algunas líneas transversales creadas con intención más estética que punitiva.
Las fotografías de nalgas maltratadas al punto de aparecer marcas sanguinolentas y grandes moretones oscuros no muestran la obra de un spanker de ley, sino más bien el trabajo de un sádico. Lo nuestro es la búsqueda de la belleza, y no su degradación.
Entendámonos bien. No es que algunas intenciones disciplinarias o gusto por el ejercicio de la autoridad no jueguen su papel (a veces primordial) en las fantasías que tenemos. Es más bien que esas cosas parecen ser elaboraciones posteriores de una fantasía básica más carnal y primitiva; pulpa que se agrega al hueso y que a veces lo puede cubrir por completo.Es que sobre esta forma elemental de la fantasía spanker mucho se puede construir y mucho se construye, pero siempre sobre los sólidos cimientos de un buen par de nalgas.
Por eso, el momento culminante de una sesión de spanking es aquel en que la cola aparece –finalmente- en todo su esplendor. El acto de bajar la bombacha (o bragas o calzones o como se llame) es ese momento (un instante apenas) en que uno contiene la respiración y se estremece, y donde las amenazas y regaños que lo precedieron adquieren su verdadero sentido. Después seguirá un frenesí de azotes sobre las nalgas desnudas, pero el momento crucial ya habrá pasado.

Nunca se insistirá lo suficiente sobre la importancia de ese instante y de las cosas que lo rodean (indumentaria, posiciones, situaciones), y hay incluso quienes pasan rápidamente por él sin apenas considerarlo, pero es allí en donde la fantasía básica y primitiva se concreta.
Los azotes que lo preceden son apenas preparatorios y no afectan seriamente ni la piel ni el alma. Los azotes que lo siguen –la paliza propiamente dicha- son su consecuencia natural. Pero el momento crítico, el instante sublime es –sin duda- aquel cuando se baja la bombacha.




